
Para enseñar a pensar, lo primero que hace falta es -evidentemente- haber pensado, haberse sometido a la disciplina del entendimiento y escrutar lo que las cosas son. Para mencionar sólo algunas pautas en asunto de tanta envergadura, cabe decir que lo primero es renunciar al eslogan. La gente se conforma con unas pocas frases y muchas imágenes. Se renuncia a explicar las cosas: sólo se muestran. La cultura de la imagen no necesita argumentaciones para impactar al público. Es tal la fuerza de las imágenes que mostrarlas ya es suficiente. Ver por la televisión un terremoto o una inundación es casi tanto como haber estado allí. En este contexto no necesitamos comentarios.
Discurrir, pensar, resulta así cada vez menos necesario. Por eso las explicaciones de lo que vemos son sumamente simples; lo más importante es el contacto directo e inmediato con la noticia. Esto aparta a la gente del hábito de argumentar y discurrir, con lo cual se va atendiendo cada vez menos a razones. La vieja costumbre española de la tertulia, por ejemplo, se está perdiendo, porque la gente habla mucho menos: prefiere los videos o la televisión. Cuando se deja de leer y se deja de hablar, se piensa cada vez menos. Hoy poca gente gusta de pensar. Los razonamientos abstractos no están de moda: bastan cuatro explicacones convencionales, que la publicidad repite hasta la saciedad. Ahora bien, ¿qué es lo que decidimos ver, qué nos permiten o nos hacen ver -por ejemplo- a través de la televisión?. Este es el problema, porque según lo que veamos, así será nuestra imagen del mundo, que puede tener muy poco que ver con la realidad. Puede parecer que estoy en contra de la imagen, y no es así. Estoy en contra de las actitudes acríticas, de un mirar "embobado".









