
Una profesora de secundaria –mujer exigente, esforzada y cabal– se muestra muy pesimista sobre el futuro. "No es verdad –sostiene– que la crisis vaya a servir, como se dice, para despertarnos del letargo. Vivíamos muy por encima de nuestras posibilidades y las jóvenes generaciones, instaladas en la comodidad, siguen ignorando las dificultades que nos acechan. La crisis no corregirá nuestros defectos, como reza el tópico más usado estos días: no sabremos ponernos las pilas". ¿Y eso?, pregunto. Meresponde narrando sus experiencias diarias en el instituto, de las que se desprenden tres características: la imposibilidad de ejercer la autoridad, las enormes dificultades que encuentra el profesor para imponer un ritmo de trabajo a sus alumnos y la institucionalización de la molicie con la excusa de la pedagogía del diálogo.
Mi amiga profesora debe forzosamente mantener, no en privado, sino ante el plenario de la clase, discusiones que rompen a cada minuto el ritmo de la asignatura: unos alumnos aprovechan la menor ocasión para hacer bromas y chascarrillos; otros, ignorando su propia ignorancia, discuten el lenguaje de la profesora ("Oye, tía, ¿por qué hablas tan raro?"). Después está el grupito de los que, aprovechando el silencio de un día de examen, dejan el papel en blanco y alardean en voz alta de sus aventuras sexuales, etílicas o futbolísticas. Es constante el barullo de los se niegan a presentar un trabajo, protestan por la materia de un examen, desprecian el libro propuesto o claman sin rubor por un aprobado sin esfuerzo. Lo peor –sostiene mi amiga– no es el desbarajuste constante y la imposibilidad de lograr un clima de trabajo ordenado, lo peor es que el sistema organizativo y las normativas de los centros, en lugar de afrontar estos problemas afirmando la autoridad docente y apoyando la severidad, agravan la problemática adulando a los jóvenes, cediendo por sistema a sus quejas y dulcificando hasta convertirlas en papel mojado las normas que impone el profesor en su clase.
Fatigados y desautorizados, los profesores exigentes van cediendo terreno hasta que claudican. Cada vez que un profesor exigente se rinde, unos cuantos jóvenes más devienen dictadorzuelos. Una legión de tiranos adolescentes avanza –sostiene mi amiga– hacia la edad adulta, dispuestos a imponer su ley, una ley muy arcaica: "Nunca plantean una discusión en clase en términos objetivos o de grupo, siempre en términos de beneficio individual". Mi amiga profesora, como pueden comprobar, está más que desolada. Y ha llegado a esta lúgubre conclusión: "Estos jóvenes parecen indiferentes a cualquier otra causa que no sea la de su propio yo. No podrán asumir las dificultades que el futuro les depara. ¡Serán capaces de cualquier cosa con tal de salir a flote!". Otra profesora, más joven, pero no menos exigente, con la que coincido casualmente, confirma el diagnóstico: "Alumnos bastante holgazanes, que han trabajado y rendido muy por debajo de sus posibilidades, reciben notas excelentes. Esto no es enseñar: es sobreproteger. No es educar, sino mimar". ¿Corromper?
3 comentarios:
Corromper diría yo. Y engañarles, pues al final alguien les tendrá que exigir algo. Me pregunto ¿quién contratará a esos adultos-adolescentes - caprichosos? ¿quién se fiará de unos jóvenes tan seguros de sí mismos en apariencia, pero que van a cometer tantos errores?
Ciertamente hay adolescentes que se comportan de ese modo, pero no son todos ni mucho menos. También hay equipos directivos que solapan esas conductas pero no todos, y hay profesores que "tiran la toalla" pero también los que cada día se "dejan la piel" para que los alumnos aprendan. Nuetros adolescentes son hijos de su tiempo, hijos únicos, mimados y sobreprotegidos por sus "alcahutes" progenitores que les permiten todo tipo de fechorías y encima les compran el último modelo de móvil aunque las notas hayan sido catastróficas. Es la familia la que tiene que recuperar las riendas de la educación de sus hijos, sólo de este modo los profesores podrán guiar los pasos de estos potrillos jóvenes.
Me da la impresión de que cada vez somos más los que hacemos este diagnóstico, pero ahora toca decidir quién de nosotros es el ratón que va a ponerle el cascabel a ese gatazo que nos ha criado esta mentalidad dominante. Porque es como decirle a los trabajadores que tienen que trabajar más cobrando menos, mucho menos. Eso solo se puede hacer a las malas. Eso es lo que temo.
Por otro lado, hay excepciones, como bien sabemos todos. Pero es que es tan duro comprobar cómo las vidas de tantos y de tantas se van al garete de ese modo...
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