Palabras del
Santo Padre en Asís, en el Encuentro por la Paz, 27. 10. 2011:
A
partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente
que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad
contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho la
violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar
profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión como
causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de
defensores de una religión contra los otros. Los representantes de las
religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir –y nosotros lo repetimos
con vigor y gran firmeza– que esta no es la verdadera naturaleza de la
religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso,
se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión?
Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha
apagado entre vosotros? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza
común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por
tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos contrastar
de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos religiosos.
Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una tarea que
se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera decir como
cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la
violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es
absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en
claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los
cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual
todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de
Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone
el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de
la paz» (2 Co 13,11).

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