Ramiro Pellitero nos habla de la importancia de los sentimientos:
Reproducido del libro "Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios", ed. Eunsa, 2010

Hoy se habla mucho y se escribe sobre la afectividad, quizá como reacción a épocas anteriores en que estaba de moda –sobre todo entre los varones– disimular los sentimientos. Sin embargo, la afectividad es un aspecto esencial de la espiritualidad de la persona, y por tanto de la vida cristiana y eclesial (“capacidad de sentir con la Iglesia”). Precisamente la más importante de las respuestas afectivas es el amor, que representa y sintetiza la madurez de los afectos. Y no olvidemos que en sentido bíblico el “corazón” no señala sólo a los afectos sino a la totalidad de la persona, prueba de la centralidad de esa esfera en la configuración de la personalidad.
En efecto, la profundidad y la plenitud de una persona dependen en gran parte de su capacidad afectiva (capacidad de amar: “tener corazón”) y de la cualidad de su vida afectiva. Es decir, de su percepción de valores (lo que considera más o menos bello y valioso) y de su apertura a las necesidades de los demás. De ahí la importancia del arte (la literatura, la poesía, la música, etc.) en la educación.
Dejando aparte las enfermedades de la afectividad y que hay caracteres normales más o menos afectivos, puede decirse que la educación afectiva supone combatir algunas deformaciones.
Primero, las diversas formas de
sentimentalismo, cuyas raíces pueden estar en la vanidad o la concupiscencia.
En segundo lugar, las
atrofias de la afectividad: el intelectualismo, el pragmatismo y las variantes del voluntarismo (rigidez, estoicismo, etc.), que conducen a una autosupresión de la afectividad, a veces por un ideal religioso mal entendido.
Finalmente, lo que puede llamarse la
falta de corazón o la falta de capacidad para los afectos (especialmente la ternura), que puede tener diversas causas: la inmoralidad, sobre todo por el orgullo y la concupiscencia (Caín, don Juan); la influencia de otras pasiones (la codicia, la avaricia, y particularmente el cinismo: desvergüenza en el mal); el esteticismo (quedarse contemplando “la belleza de un incendio” sin ocuparse de los heridos); una mentalidad idealista-totalitaria; la amargura existencial (el “corazón endurecido” por las decepciones).
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